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Te ha tocado. Has venido a Ibiza y hoy amanece gris, con esa lluvia mediterránea que no acaba de decidirse. La buena noticia es que aquí llueve poco y casi nunca todo el día. La mejor noticia es que la isla tiene bastante más que playa, y un día de lluvia es la excusa perfecta para descubrirlo.
Suena raro, pero es cierto. El casco antiguo amurallado bajo la lluvia, con las piedras mojadas y las calles vacías, es una de las estampas más bonitas de Ibiza. Se sube en veinte minutos desde el puerto, hay soportales y rincones donde resguardarse y, si aprieta, siempre hay un museo a mano.
Lleva calzado con suela. El empedrado mojado resbala más de lo que parece.
Ibiza tiene tres mil años de historia encima y la mayoría de los visitantes solo ven los últimos treinta.
El Museu d’Art Contemporani d’Eivissa, dentro de las murallas, es pequeño y se ve en una hora larga. El Museu Arqueològic cuenta la Ibiza fenicia y púnica. Y la Necròpolis del Puig des Molins, a un paseo corto del centro, es un cementerio púnico con miles de tumbas excavadas en la roca: probablemente lo más impresionante de la isla y lo menos visitado.
Si solo tienes tiempo para uno, ve al último.
Ibiza cambia por completo en cuanto te alejas de la costa. Santa Gertrudis, Sant Josep, Sant Joan, Sant Carles. Iglesias blancas encaladas, plazas con árboles, cafés donde la gente lee el periódico.
Un día de lluvia es ideal para hacer esa ruta en coche parando en dos o tres. Se conduce en poco tiempo de una punta a otra y siempre hay dónde sentarse a esperar a que escampe.
Los grandes mercadillos hippies son estacionales y al aire libre, así que en invierno o con lluvia fuerte no son la mejor opción. El Mercat Vell de Vila, en cambio, funciona todo el año, y el mercado municipal de Ibiza es un buen sitio para ver producto local y hacer tiempo.
Merece la pena comprobar horarios antes de ir, porque fuera de temporada muchos cierran a mediodía.
Hay una versión de este plan que a mucha gente le da pereza admitir y que funciona siempre. Varios hoteles de la isla abren su circuito de aguas a clientes externos. Tres horas de sauna y piscina climatizada mientras fuera cae agua es, objetivamente, un buen día.
No para bañarse. Para verlo.
Las calas del oeste con el cielo cargado tienen un color que no sale en ninguna foto de agosto: el mar se pone gris plomo, las rocas se oscurecen y Es Vedrà aparece y desaparece entre nubes. Aparcas al lado, caminas veinte minutos y vuelves al coche. Es un plan corto y es de los que se recuerdan.
Si la lluvia es fina, el mirador de la Torre des Savinar, en el municipio de Sant Josep, da la mejor vista del islote. Con nubes bajas es directamente cinematográfico.
El camino de acceso es de tierra y con lluvia se embarra, así que valora el estado del coche antes de meterte.
Y luego está lo que realmente hace la gente de aquí cuando llueve: sentarse a comer y no levantarse.
En Ibiza el buen tiempo tiene una tiranía curiosa. Cuando hace sol hay que aprovecharlo, hay que ir a la playa, hay que hacer algo. Un día de lluvia te libera de todo eso. No hay nada mejor que hacer, así que puedes quedarte tres horas en la mesa sin sentirte culpable.
En Social Point tenemos la parrilla encendida y una carta pensada justo para eso: carne a la brasa, vino y tiempo. La leña, además, tiene una ventaja evidente en un día así, y es que calienta. Y si la tarde se alarga, casi siempre hay música.
Conviene saberlo antes de reservar el viaje. Los meses más lluviosos son octubre y noviembre, con diferencia, seguidos de diciembre y de la primera parte de la primavera. El verano es prácticamente seco: en julio y agosto puede pasar un mes entero sin una gota.
Pero la lluvia de aquí tiene una característica que cambia mucho las cosas: es intensa y corta. Cae fuerte durante una hora, a veces con tormenta, y luego escampa. Rara vez tienes un día completo de gris continuo como en el norte peninsular.
La consecuencia práctica es que no hace falta cancelar el día. Hace falta reordenarlo. Si a las once está diluviando, hay bastantes posibilidades de que a las cinco puedas estar viendo el atardecer en Cala Comte con un cielo espectacular, precisamente por las nubes.
Una combinación que funciona: mañana de museos en Dalt Vila, cuando la lluvia suele apretar más. Comida larga a partir de las dos, sin mirar el reloj. Y por la tarde, si ha escampado, salida rápida a una cala o a un mirador para ver cómo queda el cielo después de la tormenta.
Es, sinceramente, un día mejor que muchos días de sol en agosto peleándose por un hueco en la arena.
Un cortavientos ligero, calzado cerrado con suela y poco más. Aquí no hace frío de verdad casi nunca: en invierno se mueve entre los ocho y los dieciséis grados, y en otoño más alto todavía. El paraguas suele estorbar más que ayudar porque, cuando llueve en serio, viene con viento.
Y si el plan del día se ha caído, reserva una mesa y déjanos el resto. Abrimos de lunes a domingo, de 13:00 a 02:00, llueva o no.